"El café me enardece y alegra, fuego suave, sin llama y sin ardor, aviva y acelera toda la ágil sangre de mis venas." (José Martí)
El café, aromático y vagabundo, es parte inseparable de nuestra vida cotidiana. La historia y la leyenda, la verdad y la ficción, la palabra y el poema, hicieron crecer y prosperar al “néctar de los dioses” más de lo imaginable.
Perdido en la mitología de los habitantes del desierto, en unos versos musulmanes anda desde hace muchos siglos el joven Omar, obligado a errar por las arenas para pagar una desinteligencia con su padre. En su periplo, el desventurado adolescente, al detenerse en la aldea de Ousab halló unos arbustos que mostraban su semilla púrpura entre los nudos de sus ramajes. Y porque la curiosidad del solitario se asemeja a la inocencia, el viajero probó del fruto y le supo a ternura.
Nada narra el poeta árabe acerca de si Omar sometió a cocción la almendra suculenta. Obviándolo, aquellas rimas dejaron dicho para siempre que el exiliado bebió el zumo de las hojas y los racimos del arbusto, fortaleciendo con ello su decaído ánimo.
Otra leyenda del pueblo de Mahoma asevera que un pastor apacentaba su rebaño por los matorrales de Arabia cuando la habitual pereza de su ganado sorpresivamente se transformó en un inusual encantamiento. Una a una sus cabras se dieron a saltar por el terreno. Se acercó entonces a los arbustos de los que, con tanta fruición, almorzaban sus criaturas y recogió, él también, los frutos bermejos que en brillantes racimos se le ofrecían, experimentando al ingerirlos una contagiosa alegría.
Los musulmanes obtuvieron provecho de estas leyendas atribuyéndole condición sagrada a las semillas y a su jugo negro y exultante. ¿Cómo le llamaron?. Los árabes se arrogan la paternidad de su denominación.
Los relatos de beduinos y jinetes de camellos no pudieron, con su imaginación, vencer a la realidad: la historia conjuró sus fantasías sentenciando que los primeros cafetos crecieron en lo más profundo de África Central, en Abisinia (Etiopía), y para aventar aquellos argumentos los historiadores hallaron que la palabra “café” se emparentaba con Kaffa, nombre de una aldea de las planicies etíopes.
Sin embargo, tocó a los fieles de Alá el privilegio de haber convertido al café en bebida ritual de encantamiento, dispersando sus bondades y sus efectos a través del mundo. Atravesaron desiertos y pueblos de ventisca, agobiando sus bestias de giba con la carga de los deliciosos granos, Pasaron por Yemen, los vieron en las arenas de Adén y llegaron a Constantinopla con ese aroma incomparable, propagando los mandamientos del buen café, exigiendo que para gozar de sus virtudes debía beberse “negro como la noche, dulce como el amor y caliente como el infierno”.
Sir Walter Raleigh, corsario aventurero, poeta, estadista. cientíco y trotamundos inglés, enseñó a los europeos a beberlo tostado y molido para que su fragancia y su delicia “llegaran directamente al corazón”. Por 1580 en Occidente se bebía -siguiendo la línea árabe- atemperando su amargura con algún dulce, un poco de agua fresca o mezclada con anís. Así se hacía en Nápoles, Marsella, Berlín, Viena y Londres. El embajador turco en París obsequió a Luis XIV con bolsitas de café y la prometida de éste, Mademoiselle de Lavalliere, se atrevió a derramar en su taza un poco de azúcar. A partir de entonces la bebida prodigiosa dejó sin sueño a los parisinos y se ganó un lugar para siempre.
En el “Café Procope” se gestó la Revolución Francesa. La infusión estimuló las ideas y los sentimientos, convocando a los insurgentes junto a los artistas, las bellas y los poetas.
Igual desenfreno desató el café en Viena y en Nápoles. En Trieste nacía el “Café de los Espejos”, en Venecia el “Café Florián” y en éste, como en el “Pedrochi” de Padua o en el refinado “Greco” de Roma, fueron acogidos desde intelectuales a mercaderes, desde nobles a turistas, desde políticos a simples vecinos ávidos de parloteo.
Más tarde los italianos sofrenaron sus bondades con un “cappuchino” de espumas y azúcares y así el noble café de los caravaneros del desierto, negro y fragante, debe competir con los pálidos cafés, tintos en leche, traicionando sus orígenes estimulantes del pensamiento y los suspiros.
El siglo XX se despertó para sorberlo en soledad o en el hormigueo humano de las ciudades que aceleran el vértigo de nuestro tiempo. París creó los “Café- Concerts” y regó su nombre por los barrios elegantes y populares. Más cerca nuestro, otros describieron la molienda y la caída de la tarde como un sentimiento sensual del amor nostálgico y a aquel memorable tango de Cátulo Castillo, que el “Polaco” Goyeneche nos trajera como su “Ultimo café”, se le suman hoy quienes disfrutan del ritmo de una canción que lo imagina como una lluvia cayendo sobre los campos...
Más, esa tradición que vincula el café al diálogo fraterno, al estímulo interior y al optimismo parece renacer cada día en los rincones de bares y terrazas de las ciudades y los pueblos de la Tierra toda.
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